Casi todo el mundo llega a su primera sesión con una imagen prestada de la televisión: un péndulo, alguien ladrando en un escenario, una voluntad anulada. Conviene aclararlo cuanto antes, porque ese miedo es la razón más común para no probar algo que podría ayudar.
No pierdes el control
En hipnosis clínica estás consciente en todo momento. Oyes, entiendes, puedes hablar y puedes levantarte e irte si quieres. Nadie puede hacerte decir ni hacer nada que vaya contra tus valores: si se te sugiere algo que no aceptas, sencillamente no ocurre.
Lo más parecido en la vida cotidiana es ese estado en el que conduces un trayecto conocido y llegas sin recordar el camino, o te absorbe una película hasta olvidar dónde estás. Atención muy concentrada en un sitio, y muy relajada en el resto.
Tampoco te duermes
La palabra hipnosis viene del griego para sueño, y ahí empezó la confusión. El cuerpo se relaja profundamente, sí, pero la mente está más despierta y receptiva de lo habitual. Muchas personas salen diciendo que no estaban hipnotizadas porque se acuerdan de todo — y precisamente por eso lo estaban.
Qué sí notarás
Lo más frecuente es una sensación física de pesadez o de ligereza, el tiempo pasando distinto —una hora que parecen quince minutos— y una calma que a mucha gente le sorprende por lo inmediata que resulta.
En el caso de la ansiedad, esa calma no es el objetivo sino la puerta: es el estado desde el que se puede trabajar el patrón de alerta que mantiene al sistema nervioso encendido.
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